Rebeca Alfaro salió hace 8 años huyendo de El Salvador por la “maldita violencia” que cegó la vida de su esposo y de su madre y la obligó a dejar a sus dos pequeñas hijas desamparadas. “Estoy feliz de ver a mis hijas sanas y salvas, no me importó el riesgo ni el dinero que me cobró el ‘coyote’ por traerlas”, dice.
Por Máximo Torres

Boston – Su historia es una película, es un verdadero drama. Rebeca Alfaro, una joven madre salvadoreña, no lo oculta, lo habla a los cuatro vientos. Hace 8 años huyó de su país por la “maldita violencia” que le costó la vida a su esposo y a su madre para trasegar por caminos del infierno para venir de El Salvador a los Estados Unidos. Con un nudo en la garganta, Rebeca cuenta que lo arriesgó todo, incluso trepándose al tren de la muerte llamado “la bestia” para buscar un mejor futuro. Sus dos pequeñas hijas habían quedado desamparadas, sin padre ni madre, al cuidado de su bisabuela.
“Soñaba con traerlas y ahora estoy feliz de verlas sanas y salvas”, dice.
El reencuentro de Rebeca con sus niñas de la frontera Yendery y Yajaira Rojas fue emotivo, feliz. Sus dos pequeñas hermanitas a las que no conocían estaban al lado de la madre, llorando. “Gracias a Dios estamos juntas después de 8 años”, anota.
Son muchas las historias que hay de niños centroamericanos que han huido de sus países agobiados por el hambre y la violencia, pero muy pocas salen a la luz. Son miles los niños no acompañados que han llegado a diferentes ciudades de Massachusetts. Rebeca y sus niñas viven en un pequeño apartamento de East Boston y han querido contar su historia a El Mundo Boston.
Se estima que más de 50.000 niños han sido traídos por “coyotes” y traficantes a los Estados Unidos.

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Los niños cruzan solos la frontera, el ‘coyote’ los deja a su suerte, caminando por lo que una de las niñas describe como “un gran bosque”, cuenta Rebeca.
“Desde que vine a este país trabajé de sol a sol para juntar dinero, quería traer a mis hijas. Mi bisabuela que las cuidaba se enfermó y me pedía que me las llevara. No quiero morir y dejarlas solas”, le decía. Rebeca tiene otras dos niñas, Julissa de 3 años y Katherine de 5 años nacidas en los Estados Unidos.
Su historia, su drama
“Mi esposo había salido a comprar pupusas y cuando regresaba a casa unos ‘mareros’ borrachos lo asaltaron y lo mataron a balazos. ¿Por qué? Yo mismo me hago muchas veces esa pregunta. Es la violencia malsana que se vive en mi país y muchas veces es ‘o te integras a Las Maras o te mueres’.
“Yo estaba asustada, pero más pudo mi rabia y pese a los ruegos de mi mamá los denuncié a las autoridades porque eran ‘mareros’ de mi misma colonia. La policía los detuvo y desde la cárcel me enviaron una carta pidiéndome que retirara la denuncia”, cuenta Rebeca.
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Las autoridades detuvieron a los responsables de la muerte de su esposo muy cerca de su casa. “Me pidieron bajo amenaza que retire la denuncia. Yo no quise hacerlo y mi mamá me decía no le hagas caso, son simples amenazas”, anota.
Rebeca siente aún un cargo de conciencia. “Si los hubiera sacado de la cárcel no hubieran matado a mi mamá”, dice. Los “mareros” llegaron a su casa a las 3 de la tarde y la acribillaron a balazos. Luego robaron todo lo que había de valor.
“Yo tenía un trabajo, pero ganaba muy poco para mantener a mi familia y decidí huir para los Estados Unidos. Casi sin mayores recursos abordé uno de los autobuses que me llevó de El Salvador a Guatemala, y de allí crucé la balsa y luego tomé un autobús hasta llegar a México. No tenía dinero y varias personas que estaban haciendo el mismo viaje me regalaban comida y ropa”, relata.
Su primer destino fue Tapachula que es una ciudad mexicana en el estado de Chiapas. Se quedó a trabajar allí para juntar dinero y poder cruzar la frontera. Su mayor ilusión era llegar a los Estados Unidos. En Tapachula encontró un nuevo amor con el que emprendió el viaje en búsqueda del sueño americano, pero ya estaba embarazada y así cruzó la frontera sorteando todos los peligros.
En nuestra próxima edición II parte: Cuánto pague al ‘coyote’ para traer a mis dos hijas”.
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