¿Cuánto pagó para traer a sus dos niñas por la frontera?

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Rebeca Alfaro, la joven madre salvadoreña cuenta su vida, sus temores, su relación con los ‘coyotes’ para traer a sus dos niñas por la frontera y lograr reencontrarse después de 8 años. “Lo que te pueden cobrar varía a voluntad de los traficantes”, dice.

Informe exclusivo II Parte

Por Máximo Torres

¡Por fin juntas!. Yajaira y Yenderi viajaron con un “coyote” desde El Salvador para un feliz re encuentro con su mami después de 8 años de estar separadas.
¡Por fin juntas!. Yajaira y Yenderi viajaron con un “coyote” desde El Salvador para un feliz re encuentro con su mami después de 8 años de estar separadas.

Boston – Luego de vivir en Tapachula por espacio de un mes, Rebeca Alfaro siguió viaje hasta Nuevo Laredo que es una ciudad fronteriza de gran importancia del estado de Tamaulipas, en el Noreste de México. Allí permaneció ocho meses trabajando, juntando dinero, para emprender el viaje a los Estados Unidos cruzando la frontera. Una de las personas mayores a las que le consultó le dijo “quieres arriesgar tu vida, es un viaje muy peligroso y no te lo recomiendo”.

Pero no le hizo caso. Rebeca ya había decidido salir de Nuevo Laredo para vivir en los Estados Unidos como se lo había prometido a su madre para ayudar a sus dos menores hijas sin saber que Las Maras la iban a matar. “Esa gente es malvada, los denuncié porque asesinaron a mi esposo y como no me encontraron mataron a mi madre”, relata.

Rebeca tenía miedo, “me asaltaban muchos temores, lloraba y le pedía a Dios que me hiciera llegar a los Estados Unidos”. Desde que salió de El Salvador en su mente sólo estaba cruzar la frontera, sin importarle el riesgo.

Cuando mataron a su madre, Rebeca ya había salido para el norte, sus dos niñas fueron a vivir con su hermana que las tuvo un tiempo hasta que se casó y las entregó a su abuela. Ella las crió por los seis últimos años, pero hace dos meses se puso muy grave, se le subió el azúcar y le pidió que se las llevara.

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Rebeca llamaba a su abuela y a sus niñas casi dos veces por semanas. Los doctores le habían dicho que el cáncer al hígado la estaba matando y le pidió que antes de morir llevara a las niñas a su lado. “Me lo pidió llorando, casi moribunda. El corazón me asaltaba y me puse a llorar junto a ella a través del hilo telefónico”.

“Yo me voy a morir y se van a quedar solas, tengo mucho miedo que les pase algo”, le decía llorando.

Su relación con los ‘coyotes”

Rebeca estaba angustiada, las últimas palabras de su abuelita la atormentaban, por lo que decidió traer a sus niñas por la frontera. “No lo quería hacer, sentía mucho miedo y no quería que mis hijas pasaran por lo mismo que yo viví. Fue horrible mi travesía. Pero no quería dejar a mis hijas solas en El Salvador, expuestas a Las Maras”, dice.

Su compañero con el que se unió en México y padre de sus otras dos niñas le había dicho varias veces “ya es tiempo que traigas a tus hijas, pero su respuesta siempre había sido no, como yo me vine no quisiera que lo hagan. Quizás algún día pueda arreglar mis papeles para traerlas legalmente”.

Pero todo eso cambió. “Me puse a preguntar a muchas personas, indagando por “coyotes” hasta que una amiga me dio el nombre de uno de los traficantes de indocumentados ‘buenos’ que había traído a sus hijos”.

“Yo le pagué al ‘coyote’ 4,000 dólares por cada una de mis niñas, es decir 8,000 dólares. Me costó mucho reunir ese dinero, tenía dos trabajos “full-time” y es así como pude ahorrar, trabajaba en una fábrica de día y en otro sitio de noche, pero ese fue el precio más barato que conseguí porque lo que te pueden cobrar varía a voluntad de los traficantes, puede ser 10,000 ó 12,000 o más”.

Cuando sus hijas estaban en pleno viaje con los “coyotes” le asaltaban muchos temores, tenía miedo. “Sentía el cuerpo helado y ya quería estar con ellas, eran muchos años sin verlas y me preguntaba si estaban comiendo…”

Rebeca cuenta que la amiga que le recomendó al ‘coyote’ “me decía que era muy bueno, que sus niños no habían sufrido, que los habían traído en camión y eso le daba un poco de tranquilidad. Siempre las llamaba por el celular para saber donde estaban”.

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Con agentes de inmigración

Más de 50.000 menores no acompañados provenientes de Centro América y México han llegado a Estados Unidos en los últimos meses.
Más de 50.000 menores no acompañados provenientes de Centro América y México han llegado a Estados Unidos en los últimos meses.

El viaje de El Salvador a la frontera les tomó como más de una semana. Luego el “coyote” las dejó en el desierto que las niñas decían “nos dejaron en un gran bosque”. Las niñas junto a otros niños caminaron sin rumbo por espacio de dos horas hasta que agentes de inmigración las avistaron y las llevaron a un centro de detención, en Arizona.

“Me pasaban muchas cosas por la mente. Yo lo que quería era tenerlas conmigo, pero no sabía lo que podía pasar. Varias personas me habían dicho que Inmigración me las iba a entregar, pero uno no sabe”.

“Las puse a la voluntad de Dios y con el apoyo de Centro Presente llamé a Inmigración y pregunté por mis hijas. Me pidieron todos sus datos y me dijeron que se iban a quedar allí mientras se decide sus casos. Desde el primer día me dieron la esperanza de que se iban a quedar en ese centro, que no las iban a deportar”.

“Lo que me pidieron como condición para entregarme a mis hijas es que las matricule en la escuela donde vivía. Así lo hice, no me pidieron seguro de salud. Solo me dijeron que tenían que ir a la escuela y presentarse a la Corte para ver su situación”, relata.

Durante el mes que permanecieron en el centro de inmigración Rebeca habló con sus hijas por espacio de 10 minutos con cada una de ellas, las llamadas eran gratis, no tenían ningún costo. También habló con la trabajadora social que estuvo a cargo de ellas. “Me contaba que la estaban pasando bien, que estaban tranquilas”.

El reencuentro con sus hijas

“De la noche a la mañana me llamaron y me dijeron que envíe los pasajes para tres personas, para las dos niñas pasaje de ida y para la persona que las iba a acompañar de ida y vuelta. Apenas lleguen los pasajes se las mandamos…”

Rebeca cuenta que entró en shock, no sabía si reír o llorar. Saltaba de alegría, al fin iba a poder estar con sus niñas a las que no veía desde hace ocho años. Cuando salió de El Salvador Yenderi tenía apenas 2 años y Yajaira 4 años.

Cuando sus niñas llegaron al aeropuerto Logan Rebeca expresa que fue el día más feliz de su vida, “caminaba por todos lados, esperando que aparecieran, casi yo no las conocía. Mis dos hijas me vieron y corrieron a mis brazos. Ellas tenían fotos que yo les había enviado a El Salvador”. 

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Testimonio de las Niñas de la Frontera

Calladas, pero con mucha emoción y con una sonrisa a flor de labios, las “Niñas de la Frontera” Yenderi y Yajaira Rojas disfrutaron de una cena que les ofreció El Mundo Boston en Pollos a la Brasa El Chalán, en East Boston. “Sabíamos que veníamos a ver a mi mamá y estábamos felices, contando los días. No estábamos solas, veníamos con otros 10 ó 12, entre niños y niñas, todos veníamos tranquilos en un camión (bus) que nos recogió en nuestra colonia en Aguasapán, en El Salvador”, cuenta Yajaira.

El viaje aparentemente fue tranquilo, pero –según dicen– “se nos hizo interminable, parecía que nunca íbamos a llegar”.

En el trayecto las niñas hablaban por el celular con su mamá. “Le decía que el viaje era muy largo y que a mi hermanita le daba miedo estar sola en el bus y que extrañaba a mi bisabuela”, dice Yajaira.

“Fue un viaje muy bueno, no nos trataron mal, el ‘coyote’ siempre estuvo pendiente de nosotras”, anota.

Sin embargo, hay muchos testimonios de niñas que han sido abusadas en la frontera. “Lo de mis hijas ha sido tal vez suerte. Viajaron desde El Salvador hasta la frontera en carro, no las hicieron trepar al tren de la muerte como lo hice yo”, señala la madre.

El “coyote” se encargó de todo el viaje hasta dejarlas en el desierto para que las detuviera inmigración. “Estuvieron caminando junto a otros niños como unas dos horas hasta que agentes de inmigración las avistaron. No sólo eran niños de El Salvador sino de diferentes países centroamericanos”.

“Mis hijas me dicen que le dieron buen trato, diferente a todo lo que dicen. No las molestaron. Para un niño el viaje es difícil, yo por eso tenía mucho temor. Hay muchas cosas malas que pasan”, anota Rebeca.

Cuando estuvieron en el Centro de Detención las niñas cuentan que las pusieron en una especie de “cuarentena” en un cuarto congelante que las niñas dicen que parecía un refrigerador, lo que se puede interpretar como la acción de aislar o apartar a personas durante un período, para evitar o limitar el riesgo de que extiendan una determinada enfermedad contagiosa. Las niñas dicen que las tuvieron dos días.

“Nos moríamos de frío, pero no nos quitaron la ropa”.

Luego la llevaron a una casa hogar donde habían muchos niños. Allí permanecieron hasta su salida para East Boston.

En nuestra próxima edición, tercera y última parte del informe Niñas de la Frontera. Sus temores, sus angustias “Si me deportan estarían condenándonos a morir”

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