Armas de Juego, o Armas de Fuego de Verdad

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La sola apariencia de un revólver, una pistola, un fusil o una ametralladora, causa pánico a quien se siente apuntado por su cañón.

Con los juguetes bélicos han sido cometidos millones de delitos, al tiempo que las armas de verdad han segado vidas e ilusiones humanas.

La solución no es confiscar el arma y exigirle al pistolero una fianza de $50 mil o un millón de dólares. No es el castigo o la represión el método para acabar con la violencia.

Una persona que lleva un arma en el cinto, en el carro o la cartera, realmente está llena de miedo, intensiones violentas y deseos de venganza.

El odio –que se confunde con el temor y la cobardía- es un sentimiento interior que no desaparece con el decomiso del arma.

Tenemos que desarmar el espíritu, los sentimientos y costumbres desde la infancia.

Las autoridades han retenido armamento pero el problema sigue igual o peor, no solamente en los suburbios de Massachusetts sino en toda la nación.

Casi siempre, el primer regalo que recibe un niño es una pistola o un rifle. Más tarde lo ponen a ver juegos de video y películas de “acción” donde se matan por intereses diversos. Los cursos de defensa personal son, a veces, de ofensa y ataque.

Al recién nacido le enseñan a pelear y le dicen que “esta vida es una lucha”. Le señalan enemigos y le inculcan que tiene que ser un combatiente ganador.

Esa violencia viene cultivada desde la casa, donde surgen los primeros “combates” entre padres, hijos y hermanos.

Es la educación temprana, la enseñanza de la paz, la que salvará a la nueva generación –a los niños por nacer-.

Si dejamos de enseñar la guerra y buscamos una vida pacifica todo será más armónico, no sólo en las calles sino también en el recinto sagrado del hogar.

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