Galluccio: "Mi Viaje a la República Dominicana como Santa Claus"

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Pasando Navidad con Niños que Luchan Contra el Cáncer

Por Anthony Galluccio

Todavía estoy contemplando los más difíciles y destacados momentos de mi visita a la Clínica Infantil de Oncología del doctor Arturo Grullón en Santiago, República Dominicana durante las pasadas fiestas.

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La parte más positiva es que cada niño de los 100 (o más) que visitamos tenía padre, madre o un ser querido a su lado en cada visita. Mientras lo más duro para un niño es la dificultad y el sufrimiento, el hecho de estar solo en un hospital es todavía más triste.

Estuve inspirado por la buena voluntad de las hermanas que trabajan con el “Voluntariado Jesús con Los Niños”, organización que me asistió en mi idea loca de tener una fiesta de Santa Claus el día de navidad. La mayoría de los dominicanos no tienen información preventiva sobre el cáncer de los niños o la habilidad para acceder a cuidados médicos razonables en cualquier nivel. Un cantinero en el “Hard Rock Café” en el paraíso turístico de La Romana gana más que un médico bien entrenado en la República Dominicana. De hecho, no están muy cercanos.

El débil sistema de seguros no es suficiente para cubrir la mayoría de los tratamientos de cáncer de los niños, tal como me enteré por la madre de María. Los $10 mil dólares necesarios para una radioterapia son más que lo que se gana una persona en dos años.

Como una nota positiva, me doy cuenta ahora más que nunca que Internet y el acceso económico pueden cambiar y están cambiando la cara hacia mejores posibilidades médicas.

Hace cinco años cuando llegué por primera vez a la clínica infantil, los niños y sus padres no tenían acceso al correo electrónico, Facebook, Google, WhatsApp ni al Skype. Hoy, doctores como Carlos Rodríguez Galindo en Dana Farber pueden intercambiar información vía Skype con los doctores de la clínica del doctor Grullón, para dar una segunda opinión.

Cuando Ashley, con menos de dos años de edad, me envió un correo de voz en whatsApp después de haberle ayudado a su familia con el dinero para el tratamiento de la sangre, asociado con Leucemia, escuché una y otra vez esa grabación: “Santa, te amo”.

Mi primera visita a la clínica fue hace 5 años, cuando conocí a Rony Mejía, de 14 años de edad, mi salud parecía “perfecta”. Visité dicha clínica como Senador, después de hablar acerca de las relaciones entre los Estados Unidos y la República Dominicana, en la toma de posesión del presidente en Santo Domingo.

Rony y yo nos comprendimos de inmediato. Nos hicimos amigos al instante. El joven solamente sonreía y yo era el “alcalde” no oficial en la premiación de los 50 niños con cáncer. Me quedé pensando en Rony cuando me fui.

A los pocos meses me dijeron que Rony había muerto.  Al poco tiempo después mi vida tomó un rumbo de dificultad.

Durante ese tiempo difícil pensé mucho acerca de Rony, los niños y sus madres en la lucha contra el cáncer.

Superé los problemas por los cuales atravesé, que parecían inconsecuentes y aún triviales.

El año pasado inscribí una ambulancia con el nombre de Rony Mejía, y me reuní con su familia para una cena y dedicatoria. Ellos vinieron a las dos horas en un autobús desde Puerto Plata a rendirle honores a la memoria de su hijo y un “gringo” extraño con quien se vio solamente una vez. Tengo que admitir que el rostro de ella cuando miró el nombre de su hijo en la ambulancia, parecía expresar que yo estaba exactamente en el lugar donde Dios quería que yo estuviese.

El conocer a Rony me enseñó que la vida es un viaje que nos lleva en muchas direcciones. Yo deseaba que él no muriera para verlo crecer como un hombre, pero ese final feliz nunca llegó.

No quiero más historias como la de Rony. Los niños que conocí esta vez me prometieron que se iban a unir en una campaña cuando estuviesen mejor “Arriba Por los Niños con Cáncer”. Usted lucha, yo lucho, todos luchamos…Ese fue el convenio que hice con cada uno de ellos.

Las caras sonrientes son mi inspiración. ¡Dios los Bendiga a Todos!

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Nota: Anthony D. Galluccio fue senador del estado de Massachusetts y alcalde de Cambridge. Su padre murió de cáncer cuando Anthony tenía 11 años de edad.  

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