
Boston – Sus rostros a lo mejor no reflejan el drama que viven, pero sus historias tocan el corazón. Son dos niños de la frontera que reflejan la inmigración infantil en los Estados Unidos.
Joel y Liliana Bonilla llegaron el 9 de junio del 2014 sin documentos desde El Salvador. “Ambos nos hacen entender un poco los factores institucionales y sistémicos de un fenómeno tan complejo como es la inmigración infantil”, dice Patricia Montes, directora ejecutiva de Centro Presente, organización que los ha cobijado.
Cuando cruzaban la frontera, Liliana de 9 años y su tío Joel de 17 fueron detenidos por inmigración y llevados a un Centro de Detención en Texas para luego ser enviados a diferentes centros de detención. Joel estuvo detenido por más de 50 días.
Ambos son parte de los miles de jóvenes y niños inmigrantes que son desplazados por la violencia, pobreza estructural y falta de oportunidades en los países del triángulo norte (Guatemala, Honduras y El Salvador).
“Vine a los Estados Unidos huyendo de la violencia, recibí amenazas de parte de grupos delictivos y siento que aquí al llegar, recibimos un trato violento. Nunca había estado detenido en mi vida. Creo que solamente un criminal puede andar esposado de las manos, los pies y la cintura”, dice Joel al describir sus días de encierro, de privación de la libertad.
De los días que vivió cruzando la frontera y luego detenido en el centro de detención de inmigración todavía tiene recuerdos dolorosos, pero –según dice– “ya me siento mejor, en Centro Presente he encontrado una familia y ahora soy miembro activo de la organización”.
“No conozco las leyes, es otro idioma, pero quiero aprender”, anota. Ya ha compartido su testimonio en la Alcaldía de Boston, en Iglesias y cuenta con un buen abogado.
Liliana es otra historia, vino a los Estados Unidos cruzando la frontera para reencontrarse con sus padres. “Yo no conocía a mi papá y de mi mamá se me había olvidado como era”, dice. La madre de Liliana tenía 5 meses de embarazo cuando su esposo decidió emigrar, luego de 2 años ella lo siguió dejando a la niña en poder de su familia.
Liliana tampoco conocía a Jonathan, su hermano menor, que nació aquí en los Estados Unidos. Los padres de Liliana son indocumentados y reúnen todos los requisitos para aplicar al programa de Acción Diferida para Padres de Ciudadanos Estadounidenses y Residentes Permanentes Legales (DAPA), medida anunciada el año pasado por el presidente Obama. La niña está ahora en la escuela, aprendiendo inglés, pero también está esperando su cita en una corte de inmigración, donde un juez decidirá su futuro migratorio.
La violencia es el principal factor que obliga a los niños no acompañados procedentes de Centroamérica a venir a los Estados Unidos. Según la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el 48% de niños y adolescentes migrantes centroamericanos huyen de la violencia.
Honduras es conocido por sus altos índices de asesinato y la violencia de las pandillas que se extiende a El Salvador y Guatemala. De hecho, estos dos últimos países ocupan el cuarto y quinto lugar, respectivamente, en términos de las tasas de homicidio más altas del mundo. El Departamento de Estado de Estados Unidos describe el nivel de violencia en Honduras y El Salvador como “críticamente altos”.
“La mayoría de los niños y niñas, migran para escapar de la violencia doméstica, la violencia de las pandillas, tráfico de personas, o la pobreza extrema en sus países de origen”, anota Montes.
Según la organización Niños Necesitados de Protección Legal, más del 60% de estos niños tienen las características legales para ser tratados como refugiados. Sin embargo, “muchos de ellos son deportados sin haber hablado con un abogado”, concluye.





