“Ruego a Dios que me den la residencia”

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Informe especial Niñas de la Frontera III y última parte

“Si me deportan me estarían mandando a la muerte, las Maras no perdonan, mataron a mi esposo y porque los denuncié asesinaron a mi madre”, dice. 

Por Máximo Torres 

➥ Juntas al fin. Rebeca con sus dos “niñas de la frontera” Yenderi, de 10 años, y Yajaira, de 12, y sus otras dos niñas Julissa de 3 años y Katherine de 5, nacidas en los Estados Unidos.
➥ Juntas al fin. Rebeca con sus dos “niñas de la frontera” Yenderi, de 10 años, y Yajaira, de 12, y sus otras dos niñas Julissa de 3 años y Katherine de 5, nacidas en los Estados Unidos.

Boston – Con sus dos “niñas de la frontera” ya instaladas en su pequeño apartamento de East Boston, Rebeca Alfaro quiere dejar atrás sus temores, sus miedos, sus angustias, pero no puede. Aún tiene herida el alma, marcada por el “tren de la muerte” que la trajo a los Estados Unidos. “Yo me arriesgué a todo, yo me vine sin ‘coyote’, no le pagué a nadie por venir, no tenía dinero. Las Maras nos habían robado todo luego de matar a mi esposo y a mi madre, era imposible hacer el viaje sin dinero, pero estaba decidida a todo y desafié hasta la misma muerte”, relata.

Desde niña Rebeca quería salir de su pueblo en Ahuachapán que es el departamento más Occidental de El Salvador, para seguir a su padre que ya vivía en Arkansas y había formado familia con otra mujer, pero su madre no la dejó. Su padre le escribía cartas diciéndole “no vengas, te van a violar en el camino”. 

Ya con 22 años y madre de dos niñas huérfanas de padre, Rebeca recordaba lo que le decía su progenitor, pero era lo que menos le importaba. Más pudo el hambre y la violencia que la empujaron a salir de El Salvador. “Recuerdo que fui a la farmacia y me puse una inyección para no quedar embarazada por si me violaban los ‘coyotes’ o en la frontera. No quería tener un niño de una violación”, cuenta.

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“El tren de la muerte” 

Su viaje en el tren de la muerte llamado “la bestia” fue suicida. “Nunca en mi vida sentí tan cerca la muerte”, dice.

“Es una experiencia que no quisiera recordar, creía que me iba a morir cuando saltaba de uno de los vagones para que la migra no nos detuviera en las paradas. Tenías que tener mucho cuidado y saber de que vagón tirarte, porque es posible que el que viene detrás te arrastre y tu cabeza impacte en el vagón o puedas caer debajo del tren y matarte o salir con las piernas mutiladas”. 

“Yo tenía mucho miedo, pero más podía mi deseo de llegar a los Estados Unidos. Mi compañero me enseñó como tirarme del tren, son varios vagones, hay que tirarse antes de cada parada para evadir a los agentes de inmigración y luego correr para volver a treparse cuando reanuda su marcha”. 

“Yo me tiré como cuatro veces del tren, pero en Tierra Blanca que es una estación de carga del ‘tren de la muerte’ me sentí morir, me golpeé la cabeza y reboté… Gracias a Dios no caí debajo de ‘la bestia’”, relata.

Rebeca recuerda que se volvió a caer en San Luis Potosí, “me golpeé la cabeza y las piernas y no podía caminar, pero me sobrepuse. Pasé muchos días sin comer…” 

Ese viaje en el “tren de la muerte” que es usado por migrantes indocumentados de El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua para avanzar dentro de México y estar más cerca de la frontera con Estados Unidos “me marcó para siempre”.

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“Corrí con suerte…” 

Rebeca estuvo expuesta a las bandas de secuestradores y extorsionadores, pero –según dice– “corrí con suerte” hasta llegar a su destino final luego de vivir 8 meses en Tamaulipas y Nuevo Laredo. “Allí aprendí a comer la comida mexicana con mucho picante”, recuerda.

Con sus dos “niñas de la frontera” Yenderi, de 10 años, y Yajaira, de 12, y sus otras dos niñas Julissa de 3 años y Katherine de 5, nacidas en los Estados Unidos producto de una relación con un joven mexicano que la ayudó a cruzar la frontera, la joven madre salvadoreña “pide, ruega que le den una residencia humanitaria”.

“Lo que quisiera es que me den los papeles, quiero que inmigración me deje vivir con mis cuatro hijas. Si me mandan a El Salvador me estarían condenando a morir, las Maras me matarían. Ya lo hicieron con mi esposo y mi madre”. 

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El sufrimiento la golpea 

➥Disfrutando de una deliciosa comida en Pollo el Chalán.
➥Disfrutando de una deliciosa comida en Pollo el Chalán.

“Yo no quiero morir, sufrí mucho por el asesinato de los dos seres que más quería y por eso pido al gobierno y a las autoridades de inmigración un poco de compasión y me dejen vivir con mis hijas”, anota.

Rebeca se emociona, llora con sus recuerdos y, según dice, “quisiera enterrarlos o que pasen tan veloz como el ‘tren de la muerte’. Ya estoy con mis niñas de la frontera y me siento feliz. Vamos a salir adelante, por ahora estoy ganando muy poco que apenas alcanza para pagar la renta del apartamento, pero vivimos tranquilas, sin ningún tipo de amenazas. No tenemos el miedo que sentíamos en El Salvador, por la violencia desenfrenada de Las Maras. Nadie puede detener a esa gente malsana. La policía, el gobierno no hacen nada”. 

Luego de cruzar la frontera Rebeca vivió casi un año en Arkansas donde se reencontró con su padre y conoció a sus medios hermanos, pero con su compañero decidió seguir viaje a Massachusetts porque tenía familiares en East Boston. “Nos decían es más tranquilo, hay trabajo y la migra no molesta”.

Ahora sus dos niñas están en el proceso de ir a la escuela y ella está estudiado inglés. “Quiero estudiar para tener un mejor trabajo”, dice.

Rebeca tiene 29 años de edad.

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Algo más… 

¿Ahora cuáles son tus miedos, tus angustias? 

“Yo creo que todas las personas que vivimos sin papeles tenemos miedo, más aún con las declaraciones de Donald Trump que quiere deportar a todos los indocumentados, incluyendo a los niños. Ese es el miedo que tenemos. Yo nunca he estado metida en problemas con la justicia, pero cuando quise arreglar mis papeles por asilo me dijeron que lo debía haber hecho al año de haber entrado a los Estados Unidos. Ya pasó el tiempo y me quedé en el limbo”.

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